Como es bien sabido, la cultura es un asunto transversal a las concepciones colectivas, es la columna vertebral de nuestra manera de pensar y por ende, de nuestros comportamientos como pertenecientes a una sociedad.

Colombia y los demás países de América, coloquialmente hablando, llegaron tarde a la historia. A eso del 1.492 fueron colonizados en su mayoría, por el imperio europeo, quienes nos llevaban centenares de ventaja. Este histórico acontecimiento marcó en gran medida las dinámicas sociales que aún nos rigen. En contra de nuestro parecer, pero sin mayor capacidad de elección, aprendimos a ser dadores, proveedores de oro, esmeralda, petróleo y cacao (por hablar de algunos pocos). Pero no aprendimos a agregar valor, nos limitamos a entregar la materia prima y permitimos que otros generaran ideas y sacaran provecho de lo que nuestro territorio nos regalaba. Aún lo hacemos y de manera alarmante.

Por otro lado, el concepto de diseño gráfico tal y como lo conocemos ahora, dio sus primeras luces en Colombia hacia 1.881 con la creación de la primera tipografía y sucesivamente el primer periódico ilustrado. Aceptamos, por así decirlo, otras maneras diferentes de relacionarnos con el entorno, le dimos cierta potestad, o más bien oportunidad, a una profesión emergente y lentamente
comprendimos su gran papel en la sociedad.

“El diseñador no es ingeniero. Su proceso de trabajo es menos científico y más intuitivo. En ello, precisamente, reside gran parte de su éxito. Se mueve entre lo humanístico y lo tecnológico, lo artístico y lo técnico, la sociología y el marketing”. Nacho Lavernia

Como diseñadores, en pleno siglo XXI, tenemos un inmenso poder, el de transformar, el de agregar valor, ese que a nuestros ancestros se les prohibió. Para ser diseñador gráfico; no en los países nórdicos (que se rigen por otros principios), sino en Colombia, en este continente, se necesitan altas dosis de flexibilidad y coraje. Flexibilidad, porque el entender nuestra historia nos hace conocedores de un pasado que marcó pautas y nos da el entendimiento de esa multiculturalidad y todo lo que viene detrás de ella. Y coraje porque en nuestras manos está la posibilidad de apropiarnos de un basto conjunto de simbolismo que está a la espera de ser reinterpretado.

Es desde el diseño, que podemos crear una identidad propia, no la copia de lo que vemos hacia afuera, no los rezagos de lo que remotamente nos llega. Es momento de apropiarnos de lo nuestro, de crear corrientes gráficas y marcar tendencias… ¿por qué no? Es hora de vivir nuestro propio sueño. No subestimemos lo que el pertenecer a este lugar nos ha regalado. Creemos empresas, productos y servicios que van de la mano con lo que nos hace únicos, no con lo que estamos acostumbrados a ver, una mezcla de patrones recolectados de otras culturas.

En sectores como el del diseño industrial y la moda ya se ha empezado a rescatar la importancia de lo propio, personajes como Ana María Calderón y Andrés Pajón iniciaron hace algún tiempo a tomar fuerza y eso es realmente admirable. Y qué hay del diseño gráfico? Cómo llevamos a otro nivel nuestras raíces, sin caer en una gráfica geométrica, nacida de lo precolombino, que ciertamente ya ha sido explorada por diseñadores como Dicken Castro y Marta Granados? Qué podemos hacer en sectores como el de consumo masivo? Por qué no nos desligamos de los cánones establecidos por grandes potencias como Estados Unidos y nos apropiamos de una apuesta diferente tanto en composición del producto como en la estética del mismo? Basta del destello luminoso como traído de película de ciencia ficción, basta de la fotografía en alta fidelidad de lo que se encontrará dentro del empaque. Creo que ya estamos en la capacidad de absorber y comprender otras maneras de representar lo que por años se ha hecho de la misma manera. Tenemos con qué!

En ImasD creemos que la innovación no es solo tener una gran idea, es también arriesgarse con la materialización de propuestas que en un momento de transición, los ojos del consumidor no identifiquen a primera vista pero que, naturalmente asimilarán porque están dotados de significado y no precisamente de sentido común, ese que nos puede llevar al aburrimiento y decadencia.

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